Miércoles, 8 de Setiembre de 2010
EDITORIAL  
 
La santidad como deber
 
 


"De sangre soy albanesa. De ciudadanía, India. En lo referente a la fe, soy una monja católica. Por mi vocación, pertenezco al mundo. En lo que se refiere a mi corazón, pertenezco totalmente al Corazón de Jesús”.

Así se describía a sí misma la Madre Teresa de Calcuta, aquella gigante, de pequeña estatura, firme como una roca en su fe, que nos mostró cómo se abandona un cristiano en la Divina Providencia para proclamar la sed de amor de Dios por la humanidad, especialmente por los más pobres entre los pobres.

Hace 100 años nació para nuestro mundo y hace apenas 13 años, un 5 de setiembre, lo hizo para el cielo. Su fructífera, vida hecha un don de servicio y entrega, le ha merecido de la Iglesia la dignidad de beata, así como el camino seguro hacia su futura canonización.

“Dios ama todavía al mundo y nos envía a ti y a mi para que seamos su amor y su compasión por los pobres”, repetía con insistencia. Fue ciertamente la Madre un alma llena de la luz de Cristo, inflamada de amor por Él y ardiendo con un único deseo: “saciar su sed de amor y de almas”.

¿Qué hacía tan atrayente la vida y obra de esta monjita encorvada? ¿Cuál era el origen de su permanente alegría en medio del dolor y el sufrimiento?

El Papa Benedicto XVI, en su encíclica Dios es Amor (Deus Caritas est) nos da una pista para comprender semejante testimonio de vida: “Amar al prójimo es también una vía para encontrar a Dios” (n. 16) porque “en el más pequeño, encontramos al mismo Jesús y en Jesús encontramos a Dios” (n. 15).

Sentir como Cristo, amar como Él. Ver en cada hermano, especialmente en los últimos, los despreciados y abandonados de nuestra sociedad, el rostro sufriente del Señor que pide agua, alimento, vestido, consuelo y compañía, fue la respuesta de la Madre Teresa y es, sin duda alguna, el camino de la auténtica felicidad y realización humana.

Como ella lo supo hacer, todos los bautizados estamos obligados a, más que sólo hablar de Dios, mostrarlo al mundo, hacerlo presente y actuante en una entrega total, generosa y desinteresada.

Como enseña el Catecismo, todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, somos llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad. Todos somos llamados a la santidad.

Y este camino claramente pasa por la cruz. “No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual. El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas.” (CIC, 2015).

Por eso satisface de alegría y esperanza conocer ejemplos como los que incluimos en esta edición, a saber el trabajo de las Damas Voluntarias del Hospital Nacional de Niños, cuya labor humanitaria cumple medio siglo, y el trabajo de la Asociación Obras del Espíritu Santo, que en una de sus tantas expresiones de generosidad, alimenta, consuela y levanta de las calles a los indigentes de nuestro país como ninguna otra institución, pública o privada lo hace.

Mirar los rostros de quienes voluntariamente forman parte de ambos grupos de servidores, conversar con ellos y acompañarlos en su misión es descubrir almas en paz, corazones plenos de gozo y espíritus desbordantes de alegría.

Como la Madre Teresa, su testimonio arrasa, convoca y construye. Ellos y ellas, con sus propios problemas personales, limitaciones y defectos son ciertamente la más resplandeciente y bella cara de nuestra amada Iglesia.

Que Dios, a quien siempre remitió la Madre Teresa de Calcuta que recordamos con especial aprecio este domingo, nos permita ser auténticas personas de buena voluntad, revestidos de la compasión del Maestro para que todos los que se nos acerquen sientan su presencia y su cercanía.

 

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