El recuento noticioso no podía ser menos alentador: “Por decepción amorosa hunde cuchillo en el pecho de amante”; “Caco se salva de morir linchado”; “Chofer imprudente muere al chocar con trailer”; “Sospechoso burla operativo en León XIII”; de repente, esa crónica roja a la que, a decir verdad, nos tienen acostumbrados los medios televisivos, se vio interrumpida por una asombrosa noticia: “Localizados con vida mineros sepultados hace 17 días en Chile”…
¿Milagro? La misma transmisión que atentaba contra nuestros anhelos y perturbaba nuestra percepción de la realidad, ahora, nos acerca a un horizonte nuevo, donde la esperanza, la alegría y la ilusión por la vida tienen, aún, vigencia.
El mensaje fue conciso: “Estamos bien en el refugio los 33”. Sin embargo, con esa simple expresión bastó para que, gracias al portento de la televisión, toda una nación y, el mundo entero, vibraran de gozo: “La felicidad rebasó la región de Atacama para inundar las calles de Santiago, la capital, que fueron tomadas por coches que pitaban a su paso y de cuyas ventanas asomaban banderas de Chile, mientras que el himno nacional sonaba coreado por adultos y niños”…
Las cámaras y micrófonos de la prensa recogieron una vasta evidencia y, a pesar de que el hecho, por sí mismo, proveía suficiente materia donde enterrar el escalpelo del morbo, en términos generales, la cobertura fue equilibrada, conforme a la circunstancia referida…
Luego de cinco minutos, esta situación excepcional dio, de nuevo, lugar al tradicional sancocho criollo, sazonado con farándula, fútbol, y algún otro elemento banal.
A este punto, cabría discutir si la gran prensa, como fin que legitima su actividad, contribuye a reconstruir y reanimar nuestro tejido social o si, por el contrario, la competencia en el mercado y la búsqueda de rentabilidad, han terminado por asfixiar una posible “ética periodística”.
Jamás insinuaríamos a los medios de comunicación fingir la realidad, presentándola de manera complaciente o toscamente retocada pero, a esa misma realidad, corresponden otros enfoques y predominios que, comúnmente, son esquivados.
En Costa Rica no todo es corrupción, chorizo, delincuencia, consumo y distribución de drogas, irrespeto a leyes, robos, violaciones, asesinatos e impunidad.
Reducir la información a la “mala política” y a su doble moral; al elogio de la apariencia, la envidia, el exceso y la vanidad; a la carencia de “escrúpulos” y el desprestigio de “los demás”; además de confinarnos a un callejón sin salida, logra desvanecer en nosotros la riqueza del contraste y la búsqueda de la verdad.
Presentar temas positivos no significa desviar la atención. De frente al “juicio condenatorio” que pesa sobre las acciones turbias de algunos ciudadanos, debería insistirse en el “juicio laudatorio” hacia miles de costarricenses íntegros que, día a día, trabajan honradamente por su sustento y el de sus familias.
En lugar de abonar cuotas de prestigio a quien hace de lo frívolo su deidad; correspondería apoyar a los distintos sectores artísticos que, ajenos a los actuales parámetros de la notoriedad, siguen sembrando belleza, ideas, valores y emociones en general.
Superando el tono fatalista que produce más desesperados, apelemos a propuestas que despierten ilusiones. Las desgracias de los otros antes que exposición y colorido, ameritan sentido de justicia, devoción sincera y solidaridad.
Como nos recuerda Niceto Blazquez en su obra “Ética y medios de comunicación”: “Sin conciencia ética no hay garantía suficiente para una información de calidad, en la que la verdad, los intereses del público y el respeto a las personas y a sus más nobles sentimientos están por encima de las especulaciones egoístas…”
Si prevalece la tendencia a comunicar, únicamente, lo “enfermizo” de la sociedad, y no lo sano, lo noble y lo digno que en ella existe; será la sociedad misma, incluyendo a los medios de comunicación, la que se aniquilará.