Miércoles, 8 de Setiembre de 2010
OPINIÓN  
 
En el Año Jubilar Mariano
 
 

Mons. Ignacio Trejos P.
Obispo emérito de San Isidro de
El General

Se me ocurre pensar y expresar, por medio de estas líneas: somos lo que queremos ser. Así de real, de permanente y de trascendente. “Querer es poder”, reza el refrán popular. Nos lo enseña prácticamente nuestra historia personal, familiar y social.

Es la experiencia de nuestro vivir cotidiano: maestra de nuestro vivir terreno y por tanto de todas nuestras realizaciones. Para bien o para mal. Qué claro habla a nuestro propio ser, esa conciencia bien formada o mal configurada que llevamos dentro. Esa voz clara y contundente, serena, dudosa o temerosa, jamás la debemos acallar. Es todo un misterio, como es nuestra vida misma. A veces sospecho que es mi propio yo quien me exhorta, amoneste, reprende o recrimina. A ratos parece que es un extraño, que inevitablemente se interpone en el bregar de mi existencia.

En todo caso, si soy consecuente conmigo mismo, me invita a detenerme, a reflexionar, a meditar profunda, serena y pausadamente sobre la importancia que tiene mi ser personal; para mí mismo, para cuantos me rodean y para todos aquellos a quienes corresponde ser testigos de lo que resulta innegable. Lo que llevo por dentro, lo que pienso, lo que siento, cuanto soy. Es así como el Evangelio nos afirma que donde está nuestro tesoro también está nuestro corazón y que de la abundancia de éste habla la boca. ¿Podrán darse verdades más ciertas y del todo favorables, que si lo son, jamás serán de ninguna manera desfavorables?

Se trata pues de poner en ejercicio mi más plena y amplia libertad. Entiéndase -no de libertinaje-. Nos referimos a la libertad auténtica, de la que somos capaces todos los seres humanos. La que hemos recibido como herencia con nuestro propio ser y existir. Consecuentes con nuestro destino, que es el común de la humanidad de la que formamos parte.

Así nos debemos sentir, no como seres aislados sino integrantes de todo un género y especie que nos reclama ser responsables. Esto significa sentirnos llamados y ser enviados para cumplir una misión concreta, precisa, de alcances insospechables. Tan importante dicha misión, que se nos ha confiada y tan importantes tú y yo, nosotros todos, que nadie podrá sustituir o reemplazar al otro. Ser responsable, en efecto, es la respuesta a esa vocación o llamada, que no se queda en palabras: se realiza para bien o para mal. Es así, precisamente así, como se manifiesta la trascendencia de nuestro ser y actuar en el tiempo y en el espacio, con miras al incomparable designio que nos hará desembocar en esa nueva realidad próxima o remota, pero muy mía, muy tuya y del todo nuestra, en ese futuro que nos espera.

 

No es un asunto de moralismos

El mal y el bien coexisten, de eso todos somos testigos. Sus consecuencias las sufrimos o las disfrutamos de la manera más precisa. Misterio insondable que no nos corresponde, como tal dilucidar. Lo que si nos importa a todos es examinar, distinguir y decidir corrigiendo lo que se oponga al bienestar comunitario. El bien común prevalece sobre el particular si se trata de ser justos.

Como podemos concluir, en las presentes reflexiones, no opinamos que nuestra vida entera deba pasar entre estrechos moralismos, que no caben cuando nuestra conciencia está verdaderamente formada.

No es asunto de limitarse a hacer el bien y evitar el mal, ni a quedarse en un punto neutro. Nada de eso. Bien sabemos somos seres superiores: nacimos, crecimos, nos desarrollamos y vamos hacia la plenitud. Ésta no tiene límites. Lo sentimos, lo experimentamos, repito, y debemos compartirlo con toda la humanidad: estamos llamados a lo mejor. Nada hay que pueda superar a Dios. Si así fuera, ésta no sería lo que es. Para El nada es imposible. Hizo a la persona humana a su imagen y semejanza y cuando se apartó de El por su propia culpa, vino a nuestro encuentro en la persona de su hijo unigénito Jesucristo. El nos devolvió la amistad de Dios su Padre y de esta manera, reconciliados, nos devolvió nuestra perdida dignidad de hijos y herederos de vida eterna. ¿Quién otro era capaz de salvarnos, si todos estábamos manchados por la culpa?

De ahí se deriva toda nuestra dignidad: llamados a ser hijos por y con el Hijo y testigos con el Espíritu Santo que Dios nos llama, por gracia a comportarnos como tales.

Actuaríamos, desde nuestra condición de cristianos, de la peor manera si no tuviéramos con Dios nuestras más estrechas relaciones de amistad y de intimidad, de la que somos capaces y se nos concede como gracia, que no merecemos, pero estamos llamados a hacer participar a todos cuantos podamos acercar al Dios único y verdadero, manifestado en Cristo Jesús.

Esta, nuestra unión con Cristo, amor del Padre hacia todos nosotros, es la llamada o vocación que debe impulsarnos a llevar a cabo la misión de ser todos en uno y todo en uno, por Cristo Jesús nuestra única salvación.

Este es el ejemplo que nos ofrece hoy y siempre la perfecta discípula y misionera del Señor: María, madre del Redentor. Todo fue así en ella porque para Dios nada hay imposible.

 


Misión reconciliadora en Cuba
Pbro. Emilio Garreaud
Rector de la Universidad Juan Pablo II

 

El desgaste en el poder de los Castro y la presión interna en la isla, ha llevado, una vez más, a la Iglesia a cumplir su misión y ejercer su papel mediador con el régimen comunista.

Nuevos acontecimientos se han dado en Cuba: las huelgas hambre de Orlando Zapata que se inmoló en la defensa de los derechos humanos y de Guillermo Fariñas que estuvo al borde de la muerte, las protesta del cardenal Jaime Ortega por los actos de repudio contra las Damas de Blanco (esposas de quienes fueron encarcelados en el 2003 solo por exigir el respeto a los derechos humanos), el surgimiento del Movimiento Cristiano Liberación (MCL) liderado por Oswaldo Payá y la mayor conciencia cívica entre los isleños de la “autentica dignidad humana”.

A esto hay que sumar la presión ejercida por la Unión Europea y Estados Unidos. Como consecuencia de lo mencionado y de la fagotización del sistema, el régimen cubano se ha flexibilizado y se aceptado la liberación de un grupo de presos políticos.

En distintos vuelos comerciales provenientes de La Habana, al aeropuerto madrileño de Barajas, han llegado los primeros grupos de refugiados de un total de 52 excarcelados que serán liberados gracias a la intervención de la jerarquía católica y la cooperación de la diplomacia española. Esta semana se ha hablado de la liberación de seis de los presos políticos. Se espera que el número de presos políticos liberados aumente.

No es la primera vez que la Iglesia cubana sale en defensa de su pueblo. Después de la mayor liberación sucedida en 1978, la más significativa se dio a instancias de Juan Pablo II con motivo de su visita a la isla. Hay que tener en cuenta que este proceso ha sido progresivo y muy paciente, hasta que finalmente se pudieron reunir para las negociaciones: Raúl Castro, el Cardenal Jaime Ortega y el canciller español, Miguel Ángel Moratinos.

Fueron también muy importantes, las visitas de la alta jerarquía de la Iglesia, que en sendos diálogos pidieron por esta liberación. Se están viendo de esta forma, los frutos de las reuniones que sostuvieron el Cardenal Secretario de Estado Tarsiso Bertone y de Mons. Dominique Mamberti encargado de los asuntos de la Santa Sede con los Estados.
El Padre Federico Lombardi, vocero de la Santa Sede, sostiene que esto ha sido posible gracias al hecho evidente de que la Iglesia Católica está profundamente enraizada en el pueblo y es intérprete atendible de su espíritu y sus expectativas. No hay que olvidar la frase de Juan Pablo II, en donde proclamaba: “Que Cuba se abra al mundo y el mundo se abra a Cuba”. En este sentido se han dado importantes pasos, que aún deben continuar.

Además hay que señalar que la misión de la Iglesia es la de ser “signo de contradicción” y clara defensora de la de dignidad humana. No en vano las palabras de Carlos A. Montaner, quien sostiene que la Iglesia en Cuba, “ha aceptado la responsabilidad a sabiendas de que iba a recibir palos de tirios y troyanos porque ese es uno de sus papeles ineludibles”. Para ella lo más importante, es obrar conforme a la verdad, sin importar las consecuencias.

El 20 de agosto, se publicó un comunicado de la Iglesia en donde sostiene “cuando la Iglesia aceptó la misión de mediar entre los familiares de los presos o Damas de Blanco, y las autoridades cubanas, sabía que esta mediación podría ser interpretada de las más disímiles maneras y provocar diversas reacciones: desde el insulto y la difamación, hasta la aceptación y el agradecimiento. Permanecer inactiva no era una opción válida para la Iglesia por su misión pastoral”.

El texto señala que “la acción de la Iglesia a favor del respeto a la dignidad de todos los cubanos y la armonía social en Cuba” tiene más de 20 años y “no se ha apoyado, ni se apoyará nunca, en tendencias políticas, ni en las del gobierno ni en las de quienes se le oponen, sino en su misión pastoral”.

 

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