Miércoles, 8 de Setiembre de 2010
PASTORES  
 
"He puesto mis palabras en tu boca”: La vocación es sacrificio y víctima a la vez
 
 
 


Pbro. William G. Segura S.
wsegura@cenacat.org

En Hb 7,27 leemos: “el cual no tiene necesidad cada día, como los sumos sacerdotes, de ofrecer sacrificios primero por los propios pecados, después por los del pueblo; porque esto lo hizo de una vez por todas ofreciéndose a sí mismo”. Se está hablando de Jesús como nuestro sumo sacerdote y de su necesidad o conveniencia para nosotros. Ahora se hace una comparación entre él y los otros sumos sacerdotes. Miremos los puntos de comparación: a- “el cual”, se trata de uno solo: Jesús, en comparación con “los sumos sacerdotes”, muchos, todos; b- “no tiene necesidad de ofrecer sacrificios”, Jesús, mientras que los sumos sacerdotes tienen necesidad de ofrecerlos una y otra vez; c- “de una vez por todas” y para siempre, lo hizo Jesús y es eficaz, “cada día” lo hacen de nuevo los otros; d- “ofrecen sacrificios”, los otros, “se ofreció a sí mismo”, Jesús en su sacrificio único y perfecto; e- los otros “primero por los propios pecados y después por los del pueblo” (cf. Lev 16,6.15 donde se sigue el orden aquí presentado), Jesús se ofrece a sí mismo por todos pero no por sí mismo, pues como vimos en Hb 7, 26 él es santo, inocente, incontaminado, separado de los pecadores (cf. también Hb 4,15; 9,14). En conclusión el Jesús que se nos presenta es a la vez sacerdote (ofrece el sacrificio) y víctima (se ofrece a sí mismo), siendo esta la primera vez que se dice esto en Hb. Lo que Jesús hizo de una vez por todas se acentúa tanto aquí como en Hb 9,12 y 10,10. Él se ofreció a sí mismo es un término cultual significativo que indica el sacrificio que se coloca sobre el altar (Cf. 1Pe 2,5.24).

Finalmente en Hb 7,28 se cierra la unidad diciendo: porque la ley constituye a hombres sumos sacerdotes que tienen debilidad, más la palabra del juramento, posterior a la ley, ha perfeccionado al Hijo para siempre. Nuevamente una comparación, esta vez entre la palabra de la ley y la palabra del juramento, una “constituye a hombres sumos sacerdotes”, la otra “perfecciona al Hijo para siempre”; una constituye en “debilidad”, la otra perfecciona. Al hablar de la “debilidad” del sumo sacerdote podemos recordar lo dicho en 7,18 que contenía el pensamiento de que el mandamiento es “débil”. Aquí la palabra del juramento es superior a la de la ley y tiene la capacidad de perfeccionar para siempre. Cuando se habla de que ha perfeccionado al Hijo para siempre nos acordamos de 2,10 que habla de la plenitud de Jesús, y de 5,9.

Los dos versículos que hemos expuesto brevemente nos ofrecen un hermoso lenguaje de comunicación que supera los límites de lo humano, pues aun cuando la comunicación es entre seres humanos, el Hijo nos ofrece una forma de comunicarse que está por encima de nuestra comprensión, Él ofrece comunicación, encuentro, comunión con Dios en su persona, en su sacrificio, en su ser víctima que se ofrece toda a sí misma para otorgar el perdón y la eternidad, ese “para siempre”. Y es que la comunicación exige que cada quien exprese o pronuncie su propia palabra, sabiendo que hay palabras de ley y palabras de juramento, siendo éstas últimas las que definen los términos de la comunicación y de lo comunicado. Cada quien a su manera expresa la comunicación genuina de su ser más íntimo y personal. Cada quien en su comunicación comunica lo que le es propio, quien la debilidad, quien la perfección, quien lo limitado y sometido a la ley, quien lo definitivo y sometido a un juramento, quien lo humano y quien lo divino.

Que importante es poder decirse a sí mismo y decir de sí mismo lo que es más original, encontrar las palabras justas para comunicar una experiencia que supera la limitación, que transforma la debilidad, que libera de los límites estrechos, que abre una perspectiva impensable, que no ofrece algo, que se ofrece a sí mismo en todo su esplendor y belleza. Eso es obra creadora de la palabra y cuando la palabra comunicada es Palabra de Dios los horizontes se vuelven inmensos, las distancias inabarcables, los proyectos adquieren un valor que habla de eternidad, clara o escondida, pero una eternidad que da sentido a la vida, al sacrificio, a la entrega, a la palabra empeñada con la vida.

Para tu reflexión: ¿El sacerdocio ministerial es de alguna manera una participación en el ser víctima y altar de Jesús?

Recuerda y haz tuyo: Padre, ahora ya saben que todo lo que me has dado viene de ti. (Jn 17,7).

 

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