Pbro. Mario Montes M.
Cuenta el libro del Génesis, en sus primeros capítulos, que “la tierra estaba corrompida y toda llena de violencia” (Gén 6,11), continuando así con la historia de violencia desatada desde Caín y Abel, hasta Lamec (ver Gén 4,1-24). Ahora bien, ¿de qué violencia se trata? No solamente de la historia de violencia desde los primeros tiempos, sino especialmente de la violencia en todas sus formas que estaba viviendo el pueblo elegido, en los últimos años de la monarquía, poco antes de su destierro en Babilonia (ver 2 Rey 22-25). Y lamentablemente, como lo vimos con Caín y Abel, la violencia continúa en el mundo y Costa Rica no es la excepción…
La situación de Israel, verdadero diluvio
En efecto, los últimos reyes o gobernantes de Judá, como Joacaz y Joaquín (ver 2 Rey 23,31-37), se distinguieron por ser reyes injustos y déspotas. Sus reinados fueron recordados en Israel por las injusticias sociales, iniquidad, saqueos, asesinatos y atropellos contra el pueblo, y para colmo de males, la comunidad judía sufrió, poco tiempo después, el destierro allá en Babilonia. Por eso, los profetas de esos años, hablan frecuentemente de violencia, “codicia, abusos y opresión…” (ver Jer 6,7; 20,8; 22,1-4; 51,35.46; Hab 1,2-3.9; 2,8.17), términos que indican los difíciles tiempos que sufría el pueblo, y posteriormente en manos de los babilonios (ver Sal 137; 2 Rey 24,10.21), cuando la ciudad santa fue destruida, incendiado el templo, derribadas las murallas de la ciudad y la comunidad desterrada y echada fuera de su tierra.
Todo esto constituyó para el pueblo un verdadero “diluvio”, pues sus habitantes sentían que aquello eran verdaderas “aguas desbordadas” que, como decimos, “les llegaban hasta el cuello” (ver Is 8,7-8). En todo esto, como sucede hoy día, los que más sufrían o “llevaban palo” eran los pobres, abandonados a su suerte. Fue entonces, en aquel caos, en aquel “diluvio” que era toda aquella situación de violencia, expolio y muerte, de amenazas a la vida, que los creyentes judíos recordaron a héroes y hombres buenos del pasado como Noé, Daniel y Job (ver Ez 14,14;28,3).
Especialmente aquellos creyentes echaban mano de leyendas populares, de relatos muy antiguos, que hablaban de esos hombres, en especial de Noé que supo, guiado por el Señor, ponerse a salvo junto con su familia, de una espantosa catástrofe, la del diluvio, que había sucedido en tiempos remotísimos… (Gén 6,9-9,28). De su figura y protagonismo, nos hablan estos capítulos, donde lo vemos obedeciendo al Señor, construyendo el arca y salvándose de aquellas aguas desbordadas y caóticas.
Estando el pueblo judío allá en Babilonia, sumido en la tristeza y el caos del destierro, acudía a estos relatos donde contaban que el Señor había salvado a este “puñado” de personas, sabiendo (y muy convencido en su fe), que en aquella difícil situación, Dios haría otro tanto. Como tantas veces a lo largo de la historia, Yahvé Dios lo había salvado (ver Éx 3,7-8), de los “diluvios” o situaciones de opresión y sufrimiento que había pasado Israel…
Además, allá en Babilonia, una tierra regada por dos ríos muy caudalosos, el Tigris y el Éufrates, con sus constantes crecidas e inundaciones, sus habitantes (sumerios, asirios y babilonios) contaban también de diluvios producidos por el enojo irracional de sus dioses. Había varias epopeyas y relatos míticos, como la llamada “Epopeya de Gilgamés”, donde aparece un tal “Ut-na-pistim” construyendo un arca para meter en ella a su familia, animales y tesoros. Este héroe es parecido al patriarca Noé salvando a los suyos de la gran inundación.
Los autores sagrados, conociendo las catástrofes de aquellos ríos (como los nuestros en Costa Rica, en los meses más lluviosos del año, que siempre se desbordan), y además, aquellos relatos míticos de estos pueblos, quisieron redactar su propio relato del diluvio, presentándolo como una catástrofe universal, donde se destaca la figura de Noé, que salva a los suyos y en donde el Señor quiso purificar a la humanidad del pecado, de la violencia, corrupción y caos, por medio del diluvio.
La figura del justo Noé
Así pues, en este relato del libro del Génesis, el gran protagonista Noé aparece, en primer lugar, como un hombre bueno, recto, justo y obediente, que cumple a cabalidad las órdenes del Señor. Pero los autores sagrados no se cuestionan cómo pudo él con su pequeña familia (su mujer, hijos y nueras), para construir una enorme embarcación, un cajón o arca que medía 300 x 50 x30 mts, con tres pisos, y cómo lograría meter allí a los animales de diversas especies y mantenerlos vivos… Simplemente dicen que Noé obedeció a Dios en aquellas circunstancias difíciles.
Por eso, aquella arca con la familia de Noé y sus animales, simbolizan el pueblo de Dios, a Israel al borde del exterminio en el destierro, pero salvado por su Dios, de aquel caos, muerte y confusión. Dios salvó a su pueblo como un “resto santo”, un pequeño reducto de creyentes, que lograron, con la ayuda divina, salir del destierro y regresar a la tierra de sus antepasados (simbolizado en Noé y los suyos). El relato del diluvio enseña que Dios opta por la vida y por la salvación. Que seguirá salvando al mundo de la violencia, de toda situación catastrófica en que viva, en especial, a aquellos que confíen en la vida y en el Dios de la Vida.
Por eso, el diluvio es una nueva creación, es recreación de la vida (ver Gén 9). A su vez, el relato del diluvio nos presenta al Señor, capaz de salvar en el caos. Así debemos leer el relato de Noé y el diluvio, como un relato lleno de esperanza, optimismo y confianza en el Señor, no tanto como lo hemos leído muchas veces, enfatizando al Dios que castiga…
De allí que Noé es el justo al que Dios salva, es el nuevo Adán, es decir, la nueva humanidad, con la cual el Señor todo lo renueva y transforma, con la que hace una alianza de paz, alianza que abarca a todos los descendientes de Noé (ver Gén 9,1-17). Porque su nombre (Noé) significa “Consuelo”, porque fue el consuelo de Dios en medio de un mundo pecador (ver Gén 3-5) y, a la vez, consuelo para el nuevo mundo, cuyo vino consuela a los hombres y mujeres de su penoso trabajo (ver Gén 5,29; 3,15; 9,20). Consuelo de Dios que, por él, prometió nunca más maldecir la tierra, ni mandar diluvios ni catástrofes al mundo (Gén 8,21; 9,11). Tengamos en cuenta esta promesa de Dios, cuando hoy día se buscan tantas profecías fatídicas y catastróficas sobre el fin del mundo, incluso dentro de ciertos círculos de la Iglesia.
Noé es testigo de la fe, que creyó solamente en la palabra del Señor y en su sola garantía (Heb 11,7). Es modelo del ser humano salvado en Cristo, puesto que su salvación es anticipo de la salvación que se nos otorga, gracias a las aguas “diluviales” del sacramento del Bautismo (ver 1 Ped 3,20-22). Por eso, su familia en el arca simboliza a la Iglesia y a los salvados.